Sabiéndonos mujer y hombre

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Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Wara el Dom Dic 13, 2009 1:19 pm

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El caballero Espercius le dio muchas gracias por su promesa, aceptándola muy agradecido, abrazándola y besándola más de mil veces. Y no queriendo perder tiempo en palabras, la cogió en brazos y púsola encima del lecho, y allí conocieron los últimos términos de las demostraciones de amor.

No fue de poca estima la satisfacción que el venturoso caballero obtuvo de la conquistada señora. Por la mañana, cuando se hubieron levantado, cogidos de la mano salieron de la cueva e hicieron camino hacia el caserío donde el caballero Espercius había dejado a sus compañeros, los cuales, admirados cuando le vieron venir con tan bella compañía, tuvieron gran alegría, pues se temían que hubiera muerto o que algo malo le hubiese ocurrido.

Joan Martorell & Martí Joan de Galba: “De la buena aventura que le courrió al caballero Espercius”
Tirant lo Blanc (1490)

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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Ivanovich el Dom Dic 13, 2009 9:23 pm

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Rayuela, capítulo 68, Julio Cortázar

Y aquí abajo, Rayuela, capítulo 7, toco tu boca. Voz: Julio Cortázar, si alguien no lo ha escuchado nunca lo recomiendo, es una maravilla..

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Pedro Mexía - Silva de varia lección

Mensaje  Wara el Lun Dic 14, 2009 3:09 am

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Y aconsejan los filósofos naturales que no haya el hombre ayuntamiento a su mujer enojado ni airado, ni triste ni embriagado, porque acontece engendrar los hijos con esas condiciones y pasiones. Y de aquí viene el padre alegre a engendrar un hijo triste, porque lo estaba él cuando lo engendró. Y dice Alejandro Afrodiseo una cosa harto de notar: que por esa razón salen algunas veces los hijos bastardos y adulterinos malos y viciosos, por la mala imaginación y temor que sus padres tuvieron en su generación.

Pedro Mexia: “Poder de la imaginación”
Silva de varia lección
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Hermann Hesse - Siddhartha

Mensaje  Wara el Sáb Feb 20, 2010 2:24 am

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Siddharta pronunció la bendición de los peregrinos y preguntó cuánto faltaba para llegar a la gran ciudad. Entonces la joven levantose y se le acercó; el brillo de su boca húmeda resplandecía en el rostro juvenil. Echó a andar junto a Siddharta y entre bromas le preguntó si ya había comido, y si era verdad que los samanas dormían solos por la noche en el bosque, y que no podían tener una mujer. En esto, la muchacha colocó su pie izquierdo sobre el derecho de Siddharta, e hizo un ademán, el que hace la mujer cuando invita al hombre al placer sensual que los libros llaman «la subida al árbol».

Siddharta sintió cómo se le caldeaba la sangre, y en aquel instante recordó su sueño. Inclinose un poco hacia la mujer y besó con los labios el botón oscuro de su pecho. Luego levantó la mirada y vio que la joven le sonreía con vivo anhelo, y que con los ojos le suplicaba. También Siddharta sintió el deseo y notó cómo en su interior brotaba la fuente del sexo: nunca había tocado a una mujer. Vaciló un momento, a pesar de que sus manos ya estaban dispuestas a tomarla. Y en aquel mismo instante, escuchó estremecido la voz de su interior; y la voz dijo no. Entonces desapareció el encanto del rostro de la joven; Siddharta tan sólo veía la húmeda mirada de una hembra animal en celo. Afectuosamente pasó la mano por su mejilla y se separó de la muchacha.

Con pasos ligeros desapareció por el bosque de bambú, dejando atrás a la joven desengañada.
Hermann Hesse - Siddhartha (1922)
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Wara el Miér Jul 07, 2010 9:07 pm

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... —Y la noche del día en que nos casamos, ya solos en la pieza del hotel, ella se desnudó con naturalidad frente a la lámpara encendida. Ruborizado hasta las sienes, yo volví la cabeza para no mirarla y que no descubriera mi vergüenza. Luego me quité el cuello, el saco y los botines y me metí bajo las sábanas con los pantalones puestos. Sobre la almohada, entre sus rizos negros, ella volvió el rostro y dijo sonriendo con una risa extraña:
... —¿No tenés miedo de que se arruguen? ¡Sacátelos, zoncito!

Roberto Arlt
"Los siete locos", 1929
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Carmen Neke el Dom Dic 05, 2010 3:24 am

El joven profesor tenía a veces tentaciones eróticas con sus alumnas menores de edad, pero se andaba con cuidado ya que podían acabar en la cárcel, en el matrimonio o en los hoteles borgnes de París a escondidas, con pasiones incendiarias cuya sola idea fatigabaa Ignacio.
Él quería amores tranquilos y ninguno mejor -se decía- que los amores con mujeres casadas. Ellas organizan cuidadosamente lo que tiene de conspiración el adulterio. Y no suelen exigir nada. Es decir, exigen sólo a veces un café-crême en la terraza discreta, y al llegar la primavera un clavel o un ramito de lilas.
Ramón J. Sender, En la vida de Ignacio Morel
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  angelconcielo el Dom Dic 05, 2010 3:44 am

Me ha venido a la cabeza la escena del primer coito entre José Arcadio Buendía hijo y Rebeca. Si me animo un día de estos la transcribo. La lei con 14 años y acabé colorado y boquiabierto. Y eso que por aquella época ya hojeábamos revistillas eróticas en los lavabos del cole (os acordáis del Lib y del fake de farrah Fawcett?)
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Carmen Neke el Dom Dic 05, 2010 4:21 am

¿No sería el del camisón, verdad? Suspect
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  PatoBB el Mar Nov 29, 2011 2:00 am

Vi el hilo y entré a ver qué onda, y con el comentario de Angelconcielo de Cien años de soledad (curiosamente, ese es el punto exacto en que dejé de leer ese libro... ahora me entraron ganas de terminar de leerlo) me vino a la memoria otro fragmento de García Márquez, que leí hace muchos años y siempre que lo recuerdo me deja como estremecida aunque el libro en sí creo que no me gustó tanto... a ver, lo busco...

La única relación extraña fue la que mantuve durante años con la fiel Damiana. Era casi una niña, aindiada, fuerte y montaraz, de palabras breves y terminantes, que se movía descalza para no disturbarme mientras escribía. Recuerdo que yo estaba leyendo La lozana andaluza en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad inclinada en el lavadero con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella, con un quejido lúgubre, eso no se hizo para entrar sino para salir. Un temblor profundo le estremeció el cuerpo, pero se mantuvo firme. Humillado por haberla humillado quise pagarle el doble de lo que costaban las más caras de entonces, pero no aceptó ni un ochavo, y tuve que aumentarle el sueldo con el cálculo de una monta al mes, siempre mientras lavaba la ropa y siempre en sentido contrario.

Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes


Última edición por PatoBB el Dom Dic 04, 2011 12:44 am, editado 1 vez
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Lolita Nabokov el Mar Nov 29, 2011 4:52 am

Qué cantidad de hilos, yo tampoco había visto éste.

El fragmento que ha puesto Ivanovich, es una maravilla, pero a mí en la voz de Cortázar no me gusta tanto como cuando yo lo leo, lo pongo por si alguien quiere leerlo.

Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  PatoBB el Mar Nov 29, 2011 5:22 am

Si que es una maravilla, Lolita... a mí no se me hubiera ocurrido transcribirlo... Smile
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Baricco - Océano Mar

Mensaje  PatoBB el Lun Dic 12, 2011 1:59 am

Es un poco largo pero me parece muy bello...


...
Silencio.
Sobre el suelo de madera, un paso detrás de otro. Granos de arena que crujían bajo los pies. En un rincón, en el suelo, la capa que se le cayó a Plasson, con las prisas de salir corriendo. En los cojines, sobre la butaca, la huella del cuerpo de madame Deverià, como si hubiera acabado de levantarse. Y en el centro de la sala, en pie, inmóvil, Adams. Que la mira.
Un paso detrás de otro, hasta acercársele. Y decirle:
- No me harás daño, ¿verdad?
No le hará daño, ¿verdad?
- No
No.
Entonces
Elisewin
cogió
entre sus manos
la cara
de aquel hombre
y
la besó.
En las tierras de Carewall no cesarían nunca de contar esta historia. Si la conocieran. No cesarían nunca. Cada uno a su manera, pero todos continuarían contando lo de aquellos dos y lo de aquella noche entera transcurrida restituyéndose la vida, el uno a la otra, con los labios y con las manos, una muchachita que no ha visto nunca nada y un hombre que ha visto demasiado, el uno dentro de la otra -cada palmo de piel es un viaje, de descubrimiento, de retorno -en la boca de Adams sintiendo el sabor del mundo, en el pecho de Elisewin olvidándolo -en el regazo de aquella noche tumultuosa, negra tempestad, ascuas de espuma en la oscuridad, olas como montañas desmoronadas, ruido, ráfagas sonoras, furiosas, de sonido y de velocidad, lanzadas a ras de agua, en los nervios del mundo, mar océano, coloso rezumante, tumultuoso -suspiros, suspiros en la garganta de Elisewin -terciopelo que vuela -suspiros a cada nuevo paso en ese mundo que corona montes nunca vistos y lagos de formas impensables -sobre el vientre de Adams el peso blanco de esa muchachita que se balancea con músicas mudas -quién hubiera dicho que al besar los ojos de un hombre se pudiera ver tan lejos -al acariciar las piernas de una muchachita se pudiera correr tan rápido y huir -huir de todo -ver lejos -venían de los dos extremos más alejados de la vida, eso es lo sorprendente, pensar que nunca se habrían rozado salvo atravesando de punta a punta el universo y en cambio ni siquiera habían tenido que buscarse, eso es lo increíble, y lo único difícil había sido reconocerse, reconocerse, cosa de un instante, la primera mirada y ya lo sabían, eso es lo maravilloso -eso seguirían contándolo para siempre en las tierras de Carewall, para que nadie pueda olvidar que nunca se está lo bastante lejos para encontrarse, nunca -lo bastante lejos -para encontrarse -lo estaban aquellos dos, alejados, más que nadie, y ahora -grita la voz de Elisewin, por los ríos de historias que fuerzan su alma, y Adams llora, sintiendo aquellas historias deslizarse, al final, finalmente, finalizadas -quizás el mundo sea una herida y alguien esté cosiéndola en aquellos dos cuerpos que se mezclan -y ni siquiera es amor; eso es lo sorprendente, sino manos, y piel, labios, estupor, sexo, sabor -tristeza tal vez -incluso tristeza -deseo -cuando lo cuenten no dirán la palabra amor -dirán mil palabras, callarán amor -calla todo, alrededor, cuando de repente Elisewin siente que se le quiebra la espalda y se le queda en blanco la mente, aprieta a ese hombre en su interior y piensa: moriré. Siente que se le quiebra la espalda y se le queda en blanco la mente, aprieta a ese hombre en su interior, le coge las manos y, ya veis, no morirá.
...

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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Lolita Nabokov el Lun Dic 12, 2011 2:25 am

Muy bello Pato, mucho.
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Magari el Lun Dic 12, 2011 7:19 am

Sí que es bello y para nada largo, tiene las palabras justas.
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  PatoBB el Lun Dic 12, 2011 8:01 am

Albanta escribió:... tiene las palabras justas.

Es Baricco...
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Re: Sabiéndonos mujer y hombre

Mensaje  Carmen Neke el Jue Mar 22, 2012 2:39 am

Me enamoré de El Zorro. Aunque en el libro no pude contar sus hazañas eróticas con los detalles que me hubiera gustado, puedo imaginarlas. Mi fantasía sexual predilecta es que el simpático héroe trepa sigilosamente mi balcón, me hace el amor en la penumbra con la sabiduría y paciencia de Don Juan, sin importarle mi celulitis ni mi mucha edad, y desaparece al amanecer. Me quedo dormitando entre sábanas arrugadas, sin tener ni una clave de quién era el galán que me hizo tamaño favor, porque no se quitó la máscara. No hay culpa.
Isabel Allende, La suma de los días
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