"El Amante del Tiempo" Cap. 1 Caliente, caliente

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"El Amante del Tiempo" Cap. 1 Caliente, caliente

Mensaje  Sarawalz el Sáb Sep 17, 2011 10:07 pm

Hola, otra vez, soy Sara Walz y quería presentaros mi novela. Y que mejor que hacerlo que dejoros el primer capitulo de esta historia. Deciros que se trata de una novela erotica muy, muy caliente, con muchas escenas muy subidas de tono. El protagonista se pasea por muchos escenarios y epocas conquistando a las mujeres que más le han impresionado (Egipto 1500 a.c.; New York 1950, etc). Este capitulo es la presentación de la historia, por eso es un poco más light. Bueno, ahí va, ya me direis.

-¡Sí...! ¡Diga! ¿Quién es?
-Soy Sarah...
-¿Sarah? ¿Qué Sarah?
-Sarah... de New York…


El Everybody’s Changing del primer disco de los británicos Keane llegaba lejano; a gran volumen, pero muerto de belleza, como si alguien o algo se hubiera encargado de cortarle las fre¬cuencias más altas. Poco a poco, éstas se volvieron más brillantes, un brillo que, a su vez, nuevamente, se veía roto por el rugido de los 288 caballos del motor del Lexus SC 430 de Martin. Los 80.000 dólares ascendían por la rampa del garaje. La roja y des¬lumbrante capota metálica que lo cubría se encogía como un erizo mecánico desmelenándose al viento. La voz del cantante, el rubito Tom, se hacía clara y dulce; aun así ininteligible para Walter quien, a pesar de su nombre claramente anglosajón, no entendía nada de lo que la letra sugería. Aunque más bien parecía lo contra¬rio, o por lo menos eso hacía suponer la sonrisa que éste dejaba ver en su rostro.
Walter era un sudamericano del Perú. Un pequeño regordete de piernas más bien cortas y con el pecho más inflado de lo nor¬mal. Pero su principal caracterís¬tica era la de ser feo como nadie; y esa, exclusivamente esa, había sido la razón por la que Martin lo había contratado. Nada había tenido que ver el hecho de que sus manos fueran verdaderas joyas dedicadas a la jardinería. Él cui¬daba y mantenía los quinientos metros de jardín como nunca antes lo había hecho ningún otro empleado. Ni siquiera Armando, un joven argentino, deportista por obligación y jardinero por amor a las mujeres ricas. Claro que también esa había sido la razón por la que Martin no había tenido más remedio que despedirlo. Echarlo de su casa, tras su primer y único día de trabajo. Su mujer, Clara, lo había contra¬tado una mañana, pero él no estaba dispuesto a permi¬tir más miradas que la que ambos, Clara y Armando, cruza¬ron a su llegada del club de golf aquella ociosa y dura tarde. Al día siguiente, fue a la agencia de servi-cios y pidió el jardinero más feo de cuantos tuvieran en la base de datos. Como carecían de sus fotos, el encar¬gado no tuvo más remedio que citarlos a todos para tenerlos cara a cara. Así, inspeccionando uno a uno, Walter fue el elegido.
Pero Martin, ni siquiera con esas parecía tenerlas todas con¬sigo. O si no, ¿por qué cada vez que se cruzaba con él, al entrar o salir, por qué Walter sacaba a relucir su más irónica sonrisa? ¿Se tiraba Walter a su mujer cada vez que él salía de casa? Desde luego, éste no iba a tener reparo en hacérselo con ella, pero Clara –Martin sonrió-, Clara era mucha Clara para follarse a un don nadie como Walter. No, no podía ser. Eso nunca podía pasar, pues si ella se lo tiraba y sus amigas de La Moraleja se enteraban, ésta sería el hazme reír de todas ellas. Eso era lo que le daba un voto de con¬fianza de que nunca iba a suceder. Lo tenía muy claro, tan claro que siempre recogía la capota de su coche para poder ver bien las ventanas de la casa y asegurarse de que Clara no estaba obser¬vando su marcha. Cosa que resultaba prácticamente imposible porque la casa carecía de ventanas por ese lado. Toda la fachada era de piedra caliza blanca y pura.
Martin detuvo su Lexus y con su vista recorrió las tres plantas de piedra que quedaban a su altura y por encima de él, sin olvi¬darse de la que, por debajo, se asomaba al patio inglés. Como no podía ser de otra manera, la casa de Martin y Clara quedaba encla¬vada en mitad de la urbanización de Puerta de Hierro, una de las zonas más selectas de Madrid. Tenían mil metros de casa cons¬truida en cuatro plantas a las cuales se accedía, bien por las escale¬ras de hierro fundido o, más cómodamente, por el delicado y suave ascensor hidráulico que quedaba junto a éstas. Como Martin la¬mentaba cada vez que salía de casa, la fachada que daba al exterior no tenía ninguna ventana y todas, prácticamente un único ventanal de tres pisos, se orientaban hacia la parte trasera, hacia el Sur, hacia su propio jardín, ocultándose de cualquier mirada ajena. Estaba a punto de abrir la alta y férrea puerta corredera de hierro que le permitía salir a la calle cuando, por el retrovisor, vio que Clara salía a la puerta. Eso lo detuvo. Rápidamente, bajó los aca¬ramelados gritos de Tom y se volvió hacia Walter. Éste había guardado su sonrisa. Eso lo desconcertó: <<Será hijo de puta>>. Clara llevaba puesto un salto de cama semitranspa¬rente. Se había despertado de su profundo sueño con la música de Keane. Como buena moderna y pija que era, le encantaban sus canciones. Esa era la verdadera y única razón por la que Martin los llevaba en el carga¬dor de CD de su coche. Ella lo había puesto la noche anterior cuando volvían de la fiesta que una amiga había celebrado en su chalet. Habían bebido mucho y se habían acostado tarde, por eso ella, a pesar de que eran las diez y media de la mañana, seguía durmiendo.
Clara no hacía nada; nada excepto vivir del cuento, del cuento y del dinero de su marido y, sobre todo, del que su padre, un ex político fascista, le había regalado. Descalza, bordeando el Lexus carmín por el lado del conductor, se acercó a su hombre y lo besó; no sin antes hacerle un buen chequeo: traje oscuro de Armani, camisa blanca de Ungaro, Zapatos negros de Lottusse y corbata del difunto Versace. Cuando separó sus labios de los de él, saltito a saltito, apoyando la punta de sus delicados pies, volvió a la casa. Martin la obser¬vaba por el retrovisor. <<La verdad es que está muy buena>>, pensó. Desde luego, tenía suerte. Más que cual-quiera de sus amigos. Clara era la que más buena estaba de todas. Las demás no estaban mal, pero se cuidaban demasiado: liposuc¬ciones, implantes, botox. Clara estaba limpia de cirugías. Ella estaba como Dios la había traído al mundo. Bueno, si Dios la viera ahora, igual no la hubiera cedido a otro hombre. Ella saltaba con cuidado sobre la hierba, intentando no pisar las piedras que pudie¬ran clavarse en la planta de sus pies; pero su culo ni subía ni ba¬jaba más de lo que tenía que hacerlo. Tenía un culo perfecto, igual que los pechos que trataban de asomarse por el escote de su suave camisón.
Martin se dio cuenta que Walter volvía a mostrar su sonrisa. <<¿De qué se reirá este capullo?>>, se dijo para sí, justo antes de darse cuenta de por qué lo hacía. Su vista, clavada en el retrovisor, era una clara eviden¬cia de que se había empalmado. Se había puesto caliente pensando en su mujer y, lo peor, no iba a regresar a casa hasta la noche. Lamentó no habérsela tirado al regresar de la fiesta, habérsela tirado aunque ella le hubiese dicho que estaba demasiado borracha para hacer el amor. Se la tenía que haber follado y punto. Por lo menos, ahora, no iría empalmado a jugar al squash. Echó una última mirada a Walter, pensando en despedirlo, y con el mando a distancia activó la puerta para que ésta se hiciera a un lado. Pisó el acele¬rador del Lexus con sus brillantes Lottusse y tomó rumbo al gimnasio. Se miró en el retrovisor y se colocó bien el nudo de la corbata. Pulsó el botón del remoto del compact disc del coche y cambió de disco. Tras unos segundos, la trompeta de Christian Scott silbó agudamente, golpeando sobre su mente. Esa era su música. El jazz y, sobre todo, la trompeta. Él también la tocaba. Su padre, un alemán hijo de un militar nazi al servicio del Tercer Reich y amigo del caudillo Franco, le inculcó en ello. Por supuesto, algo a lo que su abuelo se oponía rotundamente. <<Mi nieto haciendo música negra>>, le solía decir a su hijo. Por lo menos eso recordaba Martin, Martin Van Gelder, ese era su nom¬bre completo, cada vez que una maravillosa nota negra golpeaba sus tímpanos recordándole su origen.
Con ese recuerdo, tomó la Avenida de la Ilustra¬ción con di¬rección a Chamartín. Una vez más, permi¬tiendo que el fresco aire de comienzo de otoño se llevara su música, recordó quién era.
Martin Van Gelder era un hombre muy inteligente. Un autén¬tico dinosaurio del dinero. Éste se había convertido en su única pasión. Todo lo que hacía, lo hacía por y para el dinero. Había recibido una buena educación en Oxford: Historia y Arqueología. Además, había participado en varias excavaciones arqueológicas en Oriente Próximo, lo que había contribuido a que dominara los idiomas de aquellas tierras: el árabe, el hebreo, el egipcio antiguo y algunas que otras lenguas prácticamente desaparecidas y que sólo recordaban vagamente algunos ancianos. Ese era su trabajo. Martin era tratante de arte. Tenía importantes contactos en todas las galerías del mundo y se relacionaba con los mayores anticua¬rios de Israel, Egipto, Siria, Irak, Irán y Jordania. Tenía amigos, buenos amigos, muchos de ellos embajadores y cónsules que siempre estaban a su servicio. Pero, en el fondo, era algo más que un importante marchante de arte, era un autentico furtivo de lo antiguo. Compraba y vendía todo lo que estuviera prohibido com¬prar y vender. Poseía suministradores entre las familias más cer¬canas a los más importantes yacimientos arqueológicos de la zona: El Valle de los Reyes en Luxor, Palmira en Siria, Marib en Ye¬men... Actuaba fuera de la ley y eso era lo que verdadera¬mente le daba dinero. Cuando alguno de los clanes cercanos a las excava¬ciones encontraba alguna pieza de valor, se ponía en contacto con él y se reunían de inmediato en el lugar del hallazgo. Pagaba una buena suma al afortunado y volvía a Madrid. El objeto adqui¬rido quedaba en manos de las autoridades del país y éstos se hacían cargo de hacerlo llegar hasta su destino. Una vez en este, sus otros contactos, se encargaban de entregárselo. Un proceso en el que nadie perdonaba su comisión. Aun así, él seguía sacando una buena suma de dinero.
A pesar de su buena imagen, Martin era un delin¬cuente en toda regla; si bien era cierto que nunca había matado a nadie. Ahora mismo, en esos días, se encon¬traba en medio de una de esas negociaciones, y si jugaba al squash era porque eso le permitía mantener sus relaciones con altos capos de los servicios diplomá¬ticos del país.

Desde luego, ese día tenía una jornada completa de trabajo. Primero se tenía que encontrar con Francisco, o Fran como se hacía llamar éste entre sus amistades más cercanas. Fran era un viejo amigo de las dos familias: la de Martin y la de Clara. Era un juez de gran renombre, un amante del squash y, por qué no de¬cirlo, de las putas de lujo y las apuestas. Tanto que algunas veces apostaba grandes cantidades de dinero a un solo partido. Estaba casado con Celia, la mejor amiga de Clara. Después de su reunión deportiva, Martin tenía que correr hacia el aeropuerto y tomar el puente aéreo a Barcelona. Allí tenía una cita con uno de sus com¬pradores: un magnate de las finanzas, un banquero podrido de dinero. Había quedado para aclarar cómo éste le entregaba la suma pactada por su solicitud: un cuadro de Munch robado unos años atrás en un museo de Oslo.

El Lexus atravesaba los imponentes arcos metáli¬cos de La Vaguada cuando las frescas notas del joven trompetista Scott se vieron interrumpidas por el metálico sonido de la sintonía de un móvil. Martin se palpó los bolsillos de la chaqueta buscando el imperti¬nente aparato. Sacó el teléfono y miró su pantalla. Estaba apagada. Lo echó sobre el asiento del copiloto y volvió a buscar en otro de sus bolsillos. Ahí estaba el celular que continuaba sonando.
-¡Sí, Brunno, cuéntame…! ¡Rápido que no puedo hablar!
Escuchó durante unos segundos.
-De acuerdo –dijo-, mañana nos vemos en el Palace.
Colgó y arrojó el móvil junto al otro teléfono.

Brunno no era otro sino, Brunno, alias Brunno Piratti, un falso italiano de Extremadura dedicado a la investigación, la seguridad y el trapicheo. Había trabajado en el CSID y el posterior CNI, el Centro Nacional de Inteligencia, del que fue expulsado por su supuesta adicción a la cocaína. Ahora seguía ejerciendo, pero lo hacía al servicio de gente como Martin: ciudadanos que por su “delicado” trabajo necesitaban de sus servicios. Entre otras cosas, Brunno se encargaba de piratearle todos los teléfonos. Él, por cuenta propia, había investigado y elaborado unos modelos, adap¬taciones suyas, que funcionaban con la energía solar; es decir, que no necesitaban ser recarga¬dos eléctricamente. Claro que, no podía patentarlos porque el CNI se le iba a echar encima para que guar¬dara el secreto.
Bruno sabía que Martin no le tenía gran aprecio, que sólo lo utilizaba y se aprovechaba de él, pero éste era su principal fuente de dinero.

Martin pisaba el acelerador de su Lexus, sin dejar de pensar en su encuentro con Fran. Sabía que éste le iba a proponer una apuesta, pues siempre que se enfrentaban le daba a elegir entre dos opciones: seis mil euros al mejor de tres partidos de veintiún pun¬tos, o pagar las prostitutas de lujo, la coca y el Moet Chandon que seguían a aquel duelo mientras los dos se las follaban en el yacusi privado del gimnasio. Martin ya había pasado por las dos opcio¬nes. Algunas veces había ganado y otras había perdido, pero ahora dudaba de cuál poner en juego. Si perdía, prefería pagar los seis mil euros y marcharse, pero eso le mantendría con el calentón que todavía no había conseguido disipar; y si aceptaba la segunda opción y Fran le ganaba, enton¬ces sí, se correría gustosamente en la boca de una de esas putas que estaba harto de ver en la televi-sión, pero la broma le saldría por los nueve mil euros. Además, ese día, no tenía tiempo para putas. Ese era un día de trabajo y ni su banquero de Barcelona ni él parecían estar dispuestos a permitir más atrasos. Apostaría los seis mil euros y machacaría a Fran, no en vano se había cuidado bebiendo menos la noche anterior.
Cuando llegó al parking del gimnasio, vio el BMW todo-terreno de Fran, pero giró bruscamente para aparcar lo más lejos posible de él. La música de Scott descendió lentamente hasta hacerse muda. La capota se extendió nuevamente y cubrió el co¬che por completo. Martin se acercó al maletero y sacó su bolsa de deporte. Claramente se podía apreciar la extraña forma de las raquetas de squash. Se dirigió hacia las escaleras mecánicas y dejó que éstas le subieran hasta la planta superior.
Una joven de muy buen ver le dio los buenos días y le indicó en qué mesa le esperaba Fran. Éste tenía un zumo de tomate en la mano y sonreía irónicamente.
-Eres un cabronazo –dijo Fran nada más verle-, ayer dejaste que bebiera demasiado. ¿Crees que te voy a pagar a las dos titis?
-Me conformaría con los seis mil euros.
Fran se echó a reír.
-Si no te quieres follar a las dos putas, entonces tendrás que follarme a mí –dijo éste, poniéndose en pie y dándole una palma¬dita en la mejilla-. ¡Vamos! ¡Cambiémonos!

Ya en la brillante pista de parquet, los dos estaban frente a frente. Perecían dos maniquís de Nike: cami¬setas, pantalones, calcetines, zapatillas, sudaderas en las muñecas.
-¿Estás seguro de tu apuesta? –le preguntó Fran-. ¿Follaste anoche? Si lo hiciste, follaste tú solo, porque Clara no debía tener el coño para fiestas. Estaba bastante borracha.
-Acabo contigo y me voy a Barcelona –dijo Martin.
Fran asintió. Aquella respuesta era más creíble. Él sabía que Martin no jugaba con los negocios. Tenía claro que éstos eran lo primero para su amigo. También lo eran para él.
-¿Seis mil? –volvió a preguntar Fran.
Martin se limitó a mover su cabeza para asentir. Luego le mostró dos bolas.
-¿Punto amarillo o doble punto amarillo? –dijo Martin-. Si te encuentras mal...
-Estoy perfectamente –le cortó Fran, echando la pelota del punto único hacia la pared frontal, bajo la línea roja que delimi¬taba la altura de juego.
Durante unos minutos estuvieron peloteando sin intención de conseguir punto. Simplemente, tratando de calentar la bola para que ésta se pusiera más viva y corriera más.
-¿Sabes en qué se parece una mujer a una pelota de squash? –preguntó Fran, mientras lanzaba un paralelo junto a la pared dere¬cha.
Martin le devolvió el golpe mientras negaba con la cabeza.
-En que cuanto más fuerte les das, más rápido vuelven a ti –añadió Fran, dejando escapar su risa.
Martin detuvo el peloteo. Ya era suficiente. Cuando entraran en juego, la bola se calentaría en un par de puntos. Apoyó el arco de su raqueta Dunlop contra el suelo e, imprimiendo un giro a su muñeca, obligó a que ésta diera varias vueltas como si de una moneda se tratara. Cuando perdió fuerza y cayó al parquet, los dos miraron la marca que le proporcionaba el saque a uno de ellos.
-¡Saco, yo! –dijo Fran, bajo el asentimiento de su adversario.
Fran se preparó para lanzar su primer saque, pero antes echó un ojo hacia la grada que quedaba a sus espaldas, tras el robusto y blindado cristal transparente.
-Ahí tienes a tus fans.
Martin hizo caso omiso a sus palabras y se preparó para res¬ponder a la endiablada bola que ya volaba hacia él. Lo hizo con un paralelo de revés pegado a la pared izquierda al que Fran corrió abandonando la “T” central y respondió con otro golpe semejante.

Los dos tenían su público que aplaudía y animaba cuando su preferido conseguía el tanto. Siempre que ellos jugaban, las gradas de las demás pistas se queda¬ban vacías. Incluso, en más de una ocasión, los propios jugadores dejaban sus partidos para presenciar la lucha a muerte que Fran y Martin llevaban a cabo para ver quién ganaba. No se sabía cómo, pero, como sucede siempre, todos los allí presentes sabían perfectamente que tras aquel duelo había una fuerte apuesta. Siempre hablaban de dinero, siempre de sumas superiores a las que realmente se jugaban, pero por suerte para los implicados nunca se hablaba de putas. Pero las apuestas también llegaban a los espectadores, lo que había derivado a que muchos de los encuentros que allí se disputaban tuvieran como excusa algo en juego.

Llevaban más de una hora jugando y habían ganado un partido cada uno. Se encontraban en el set definitivo. Quien llegara pri¬mero a veintiuno, ganaba el partido y, con ello, la apuesta de los seis mil euros. El saque estaba en poder de Martin. Si obtenía el tanto, ganaba; si lo perdía, el saque pasaba a manos de Fran. Éste estaba preparado para bolear la bola sin dejar que ésta cayera dentro de su cuadrado. Martin, sorpren¬diendo a su adversario, golpeó suavemente la oscura y caliente bola con un globo perfec¬tamente colocado que buscaba el vértice trasero de las tres pare¬des. Fran no podía hacer nada, sólo dejar que la bola cayera y botara lo justo para permitirle meter su raqueta y, con un certero revés, hacer que ésta alcanzara la rojiza línea que le concediera el tanto. La bola caía más lentamente de lo normal. Todos los espec¬tadores se acercaron al cristal tratando de ver el punto exacto donde ésta tocaba con una de las superficies del juego: el suelo de madera, la pared lateral o la acristalada pared trasera. Dependía de dónde impactara para que el bote de la bola fuera más vivo y per¬mitiera una mejor devolu¬ción. Pero la bola alcanzó su destino sin que nadie supiera muy bien dónde había tocado. Emitió un morte¬cino “blop” y se elevó un par de centímetros, los suficientes para que Fran consiguiera meter su raqueta allí donde parecía imposible hacerlo. La pequeña pelota salió despedida hacia la pared frontal sorpren¬diendo a Martin, quien ya se había dado por ganador. Como una pluma, la bola alcanzó la pared golpeando sobre ella tan sólo unos dedos por encima de la línea y luego cayendo muerta al suelo sin que Martin pudiera alcanzarla.
Los “wow” de los presentes en las gradas, que ya eran tantos que incluso tenían que estar de pie, llegaron hasta la pista de juego. Fran emitió un grito de victoria mientras que Martin se lamentó de su exceso de confianza.
Ahora el saque estaba en poder de Fran. Si obtenía el tanto, él vencía; si no, éste volvía a su adversario.
-¿Listo? –preguntó Fran, con chulería.
Martin asintió.
Fran lanzó la bola al aire y la boleó con toda su rabia y fuerza dirigiendo el rebote hacia el cuerpo de Martin. Éste se sorprendió ante semejante acción y se echó hacia la pared tratando de restar. Y lo hizo, pero muy débilmente. Tan flojo que dejó la bola a mer¬ced de su contrincante para que éste le lanzara un paralelo de de¬recha pegado a la pared contraria que le resulto inalcanzable.
Martin había perdido. Fran volvía a ganar sucia¬mente. Aun así, se dieron la mano como si allí nada hubiera sucedido y entre aplausos se encaminaron hacia las duchas.
-Te hubiera sido mejor aceptar la otra apuesta –dijo Fran-. Por unos euros más, te irías con el rifle descar¬gado y limpio. Los ne¬gocios se cierran mejor con los huevos vacíos.
Martin se limitó a dejar escapar su sonrisa como si no le im¬portara haber perdido los seis mil euros, pero, en el fondo, estaba muy jodido. Por dentro, le comía la rabia. Estaba harto de aguantar a Fran, por mucho que éste fuera su mejor amigo. Aunque había una cosa en la que tenía razón. Si quería llegar tranquilo a su cita con el banquero catalán, tenía que descargar su rabia, tenía que echar un polvo. Se había decidido. Cuando llegara a Barcelona, llamaría a alguna de sus amantes residentes en la ciudad condal y se la follaría por detrás. Estaba tan furioso que prefería que ella no lo mirase a la cara. Y tenía la mujer perfecta para ello.
Había quedado a las tres y media con Albert, así se llamaba su banquero, en el restaurante Alkimia, pero antes llamaría a la mujer de éste y quedaría con ella en el hotel Omm. No era la primera vez que se producía aquel encuentro, pues a Carmen, que era unos diez años más joven que su marido, le encantaba encon¬trarse a solas con Martin. No le gustaba que éste le hiciera el amor, sólo quería que la follara contra la pared y después, otra vez, en la ducha. Le suplicaba que la cogiera en alto, entre sus brazos, y la sentara sobre su robusto miembro para atravesarla y golpearla en el fondo de su vagina. Ella deseaba que Martin visitara Barcelona y la lla-mara. Era capaz de inventar cualquier excusa para poder encon¬trarse con él.

Ni siquiera el agua fría que dejó caer sobre él pudo apaciguar sus deseos de lujuria. Algo que fue evidente incluso a través de su pantalón de Armani. Fran, con un gesto, se limitó a decirle que se la colocara bien. Después extendió su mano esperando su botín. Martin sacó su chequera, rellenó el cheque, lo firmó, lo arrancó con gran arte y se lo entregó lanzándoselo como si de calderilla se tratara.
-Te acompañaría a Barcelona –dijo Fran-, pero hoy me espera un día cargadito de trabajo.
-Tú no has trabajado en tu vida –dijo Martin, echándose su bolsa de deporte a la espalda y enca¬minándose hacia la salida del vestuario.
-Te sorprendería ver lo bien que hago mi trabajo –añadió Fran, siguiéndole los pasos.
Ya en el parking, Fran fue el primero en meterse en el coche y abandonar el lugar. Martin abrió el maletero de su Lexus y, to¬davía jodido por la derrota, echó su bolsa dentro. Levantó la ca¬beza y vio cómo se alejaba su amigo. Dejó escapar su sonrisa y cerró la porte¬zuela. Se quitó la chaqueta para no arrugarla y, de paso, si era posible, bajar su calor corporal y la dejó sobre el asiento trasero. Se sentó al volante y puso el coche en marcha. En un par de segundos, cuando la capota se echó hacia atrás y se escondió en su compar-timiento, Christian Scott volvió a retumbar en todo el parking. <<Rumbo al aeropuerto>>, se dijo, pisando el acelerador a fondo y provocando que sus ruedas chirriaran dejando su dibujo sobre el asfalto.
Desde Chamartín no tardó en coger la carretera de Barcelona, la A-2, la que lo llevaba hasta el aero¬puerto. Se había olvidado por completo de su reunión con el magnate y sólo pensaba en cómo se lo iba a hacer con su mujer.

Carmen rondaba los cincuenta y cinco años; también, unos diez más que Martin; pero siempre había sabido cuidarse. Nunca le había faltado una buena polla que la mantuviera alegre. Ese era su verdadero secreto, aunque en todas sus entrevistas televisivas y de prensa dijera que la buena dieta y el deporte eran los encarga¬dos de mantener su cuerpo. De eso nada. Follar y follar. Esa era su eterna juventud.

Le costó encontrar plaza en el aparcamiento del aeropuerto, pero tuvo suerte y aparcó en el amplio hueco que dejó el Hammer de un presentador de la televisión de moda.
Martin no llevaba más equipaje que el puesto. Le quedaba una hora para que su vuelo despegara y deci¬dió esperar desayunando. Tenía que recuperar fuerzas para encontrase con Carmen. Mientras comía, hizo varias llamadas. Al ver que uno de los camareros vaciaba una botella de agua que un cliente había dejado por la mitad sobre una de las plantas que rodea¬ban la propiedad de su local, se acordó de Walter, su jardinero, y, por extensión, de su esposa. La llamó para ver qué hacía. Estaba preparándose para salir de compras con Celia, la mujer de su inseparable compa¬ñero Fran. Estaba hablando con ella cuando otra llamada entrante los interrumpió.
-Te tengo que dejar, cariño –dijo Martin.
Colgó y contestó a la nueva llamada.
-Buenas... Estoy a punto de tomar el vuelo... –Pero las pala¬bras de su interlocutor lo detuvieron. Escuchó con atención-. No te preocupes, dejamos la cita para otro día… Espero tu llamada, cuida de tu mujer.
Martin exhaló con rabia. <<Hay que joderse>>, se dijo. <<Se ha mareado y se ha caído. ¿A quién se estaría follando esa guarra? Mira que si se queda en el sitio mientras me la está comiendo>>.
Se puso en pie y se dirigió hacia la salida del aeropuerto. To¬dos sus planes se habían ido al carajo. Le jodía lo de su cita con Albert, pues eso le retrasaba un ingreso de casi un millón de euros, pero lo que en ese momento más rabia le daba, era la idea de pen¬sar que Carmen, ya no le iba a comer la polla.

Otra vez, era la trompeta de Scott quien le volvía a hacer compañía. Había cambiado de planes: ese día, no iba a trabajar más. Iría a su casa y se tiraría a Clara. Con un poco de suerte, la pillaría con uno de sus ajustados vestidos de Dior a punto de salir. No iba a tener piedad ni con él ni con ella. Le desgarraría el tanga de su amado Andrés Sardá, su diseñador de lencería preferido, ella raramente usaba bragas, y se la follaría sobre la fría y negra enci¬mera de granito africano. Después la dejaría que se fuera con Celia y él iría a comprarse un par de discos: las últimas grabaciones de Scott y de Terence Blanchard. Volvería a casa y pasaría la tarde en su estudio tocando la trompeta y acompañando a sus músicos preferidos.
Con esa decisión, tomó la salida de la Avenida de Miraflores y aparcó cerca de la verja de su casa, una decena de metros más abajo. No iba a tardar mucho en tirarse a Clara, así que para qué se iba a molestar en meter el coche al garaje. Abrió la pequeña puerta de hierro que permitía el paso para peatones y entró en su jardín. Allí, regando algunas rosas, estaba Walter. Éste se limitó a alzar sus párpados para saludarle. Era raro que Martin llegara a aquellas horas, lo que le había sorprendido. Se dirigió a la casa y entró por la puerta de la entrada, la misma por la que nunca accedía, pues siempre llegaba en coche y lo hacía por la que comuni¬caba la casa con el garaje. Vio que Walter seguía mirándolo de reojo, así que se aseguró que la puerta quedaba bien cerrada. No quería que lo viera comién¬dole el culo a su mujer.
El salón y la cocina, ambos en la planta baja, estaban desier¬tos, lo que sugería que Clara estaba en su cuarto. Martin subió con grandes saltos, casi impedido por el férreo miembro que arrastraba entre sus piernas. Entró en la habitación, pero su mujer no estaba allí. Tampoco había nadie en el baño. Ya iba a salir de su cuarto cuando algo llamó su atención: el Dior azul cielo estaba extendido sobre la cama, listo para ser usado. No entendía. Era muy raro que Clara, la obsesiva del orden, hubiera cambiado de idea en su ves¬timenta y se hubiera olvidado aquel Dior fuera de su armario. Eso nunca había sucedido.
Una lejana risa llegó hasta la habitación. Martin se emocionó. Iba a tener suerte. Iba a poder desahogarse. Descendió en busca de aquella adorada risa. Bajó hasta el garaje, pero allí seguía sin haber nadie. Cuando iba a dar media vuelta se percató de que la luz de la habita¬ción contigua al garaje estaba encendida. Dejó escapar un suspiro de tranquilidad. <<Clara está jugando al squash>>, pensó. Ellos tenían su propia pista de squash dentro del chalet y ella había bajado a pelotear un rato. Lo hacía a menudo para fortalecer sus piernas y su trasero. Martin corrió hacia la puerta que le permitía la entrada, pero cuando se asomó a la pista se detuvo en seco. Clara estaba allí, pero no estaba sola. Su mirada estaba al frente, hacia la pared frontal del juego, por lo que no se dio cuenta de su presencia. Estaba arrodi¬llada a cuatro patas, des¬nuda, con su impresionante culo alzado en alto y abriendo sus nalgas para que un oso dorado por los rayos UVA la montara y la pene¬trara desde atrás. Martin los observó durante algunos segun¬dos. Como él sabía, Clara no tardó en comenzar a jadear y, como él también sabía, tampoco tardó en pedir más y más. Martin no llegaba a conocer quién se estaba tirando a su mujer. No lo reco¬noció hasta que a éste, en su frenesí, se le ocurrió decir: <<¡Toma seis mil euros!>>.
-¡Fran! –se dijo para sí, conteniendo la rabia-. ¡Fran se folla a Clara!
¿Desde cuándo sucedía aquello? Necesitaba una explicación. La necesitaba ya, pero, por supuesto, no se la iba a pedir a ellos. Sabía quién tenía la respuesta, y, también ahora, sabía el porqué de su explicita sonrisa. Walter, el jodido Walter, lo sabía todo.
Pero, esta vez, Walter, que seguía con sus flores, no mostraba ninguna sonrisa. La mayor de las serieda¬des había inundado su rostro; seguramente consciente de que su silencio podía significar no sólo su despido, sino también su repatriación, pues era un sin papeles, un sin contrato, como muchos de los emigrantes que, como él, trabajaban tras los muros en las grandes casas de lujo.
-¿Quieres conservar tu trabajo? –le preguntó Martin.
Walter asintió cabizbajo y en silencio.
-Levanta la cara. No eres tú quien tiene que avergonzarse. Si alguien tiene que hacerlo, ese sería yo. –Walter obedeció-. ¿Desde cuándo?
Walter se encogió de hombros, dejando clara su ignorancia.
-Bien –añadió Martin-, yo no he estado aquí. Todo seguirá como hasta ahora. ¿De acuerdo?
Walter volvió a asentir. Martin le hizo un gesto para que con¬tinuara con las flores, pero, eso sí, con los ojos bien abiertos.

Una vez más, Scott volvía a desgarrar su trompeta. Martin es¬taba pensativo. Había detenido el coche y no sabía qué hacer. Se miró en el retrovisor. No podía creer que a él le pasara aquello. Él era una pieza de cuidado, le ponía los cuernos a su mujer cada vez que le apetecía, pero no podía soportar, ni siquiera pensar, que el cornudo fuera él. Bajó su mirada hasta el frontal del compac disc. El nombre de CHRISTIAN SCOTT, en letras azules, atravesaba su display de derecha a izquierda una y otra vez. Martin se estaba hartando de su compañero y pulsó el botón que daba la orden de saltar al siguiente disco del cargador. El silencio inundó la calle y, tras varios segundos, un nuevo nombre recorrió el display: SA¬RAH VAUGHAN. Al ver aquel nombre, se autoconvenció de que era lo más apropiado para aquel momento. La cálida voz de su musa, le haría olvidar la imagen de su mujer siendo montada por su mejor amigo. Eso creía él.
Cuando, entre los aplausos del público, Sarah lanzó su voz con el Like Someone In Love, su rabia fue creciendo y su deseo de venganza se apoderó de él. Tenía que llegar hasta La Moraleja, la otra zona residencial de la ciudad. Necesitaba ir a la casa de Fran, y cuando Celia; la mujer de éste; abriera la puerta, darle un em¬pujón y echarla sobre la piel de tigre que hacía de alfombra, y allí, desdibujando las oscuras rayas del viejo felino que su amigo había abatido en su último safari furtivo, follarla una y otra vez hasta que ella le suplicara que por favor la dejara. Buscó su móvil en el bolsillo de la chaqueta que viajaba en el asiento trasero y, tras bajar el volumen de la música, con su voz ordenó la llamada a la casa de Fran. Sabía que él no estaba en casa, así que sólo Celia podía contestar. El servicio tenía prohibido coger y, por supuesto, usar el teléfono.
-¡Celia! Soy Martin... ¡Escucha! No, no quiero hablar con Fran. Voy para tu casa. ¡Prepárate! ¡Voy a follarte viva..!. No te preocupes por él, se está tirando a Clara... ¿Cómo que ya lo sabías? ¡Que por eso te has ofrecido a mí en varias ocasiones…! Estoy de camino... ¡Que tienes invitados! Pues deshazte de ellos porque necesito follarte.
Celia colgó, dejándole con el móvil sobre el oído. Martin no podía creerlo. Todos sabían que su mujer lo engañaba. Incluso la propia mujer de Fran lo sabía. Era cierto que últimamente ésta se le había insinuado varias veces, pero él siempre la había recha¬zado. Podía engañar a su mujer, pero nunca a su mejor amigo. No podía creer que éste le hubiera traicionado.
Sarah continuaba su interpretación con su cálida y grave voz. Las notas de una trompeta lo capturaron, golpeando dentro de su mente y haciéndole olvidar qué había sucedido y a dónde se di¬rigía. Los aplausos del público asistente a la actuación lo emocio¬naron. Imaginó ser él uno de aquellos afortunados oyentes que aplaudían a su gran diva. Porque, la verdad, Sarah era su gran diosa de la música. Ella era su preferida, por delante de Dinah Washington y de Billie Holiday, por ese mismo orden. La rabia lo había invadido de tal manera que le había hecho desear abandonar su mundo y trasladarse hasta aquel concierto que ahora retumbaba en sus oídos.
Martin creía tener a la propia Sarah frente a él, creía tenerla allí mismo, justo delante del morro de su Lexus. Sentía cómo ella le daba las gracias por sus aplausos. Era como si se hubiera metido en un túnel. Todo había quedado a oscuras y sólo una potente luz caía sobre ella iluminado su acaramelada piel de color. Cuando terminó la canción, los aplausos se hicieron más fuertes y volvie¬ron a llevarle hasta la realidad, una realidad que había cambiado. Ya no estaba solo. A su lado, sentado en otra incomoda butaca, se encontraba otro hombre; y, en la contigua, otro más. Pero lo mismo sucedía cuando volvía la vista al otro lado. ¿Qué le estaba sucediendo? La vieja ansiedad de su juventud comenzaba a inva¬dirle. Las luces inundaron el escenario y, por fin, pudo ver dónde se encontraba. Un enorme cartel de letras doradas sobre la cabeza de Sarah y sus acompañantes era testigo de ello: CARNEGIE HALL NEW YORK. Martin miró a su alrededor. Todos aplaudían con gran entu¬siasmo. Creía estar volviéndose loco. Su respiración se había acelerado y el sudor había hecho que su camisa se ad¬heriera a su cuerpo. Cuando Sarah saludó hacia lo alto y las luces que se dirigían hacía allí también se encendieron, Martin se dio cuenta que el anfiteatro también estaba repleto de público. Una incontrolada carcajada escapó de su interior. No podía creerlo. Era real y, loco o cuerdo, él estaba allí. No sabía cómo, pero había aparecido en la gran sala de conciertos de la ciudad neoyorquina. Pero ahí no quedaba la cosa. Se encontraba en aquel concierto del Carnegie Hall, un concierto celebrado en New York en 1954.

Sarawalz

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Re: "El Amante del Tiempo" Cap. 1 Caliente, caliente

Mensaje  Q el Dom Sep 18, 2011 8:47 pm

Rolling Eyes
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