Gustavo Adolfo Bécquer

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Gustavo Adolfo Bécquer

Mensaje  Carmen Neke el Sáb Dic 24, 2011 12:37 am

Las Rimas de Bécquer han quedado actualmente como poesía para quinceañeras, algo poco serio que se abandona con la madurez. Su engañosa simplicidad hace considerarlos como poemillas de sentimentalismo, en lugar de las obras maestras del lenguaje condensado que son. No falta ni sobra ni una sola palabra, y en apenas unos versos el poeta nos cuenta una historia entera, que podría ser la de nosotros mismos. E incluso en algunos casos, lo fue.

[16, XLII]

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma,
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor... Con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.


[70, LI]

De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años,
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.
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Carmen Neke

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Re: Gustavo Adolfo Bécquer

Mensaje  Carmen Neke el Sáb Dic 24, 2011 12:41 am

[55]

Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.


Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?


El poema está tachado en El libro de los gorriones y no será recogido en las sucesivas reediciones de las Obras. «Ahora bien, si nos preguntamos por la razón de que esta rima no se publicase en las Obras de Bécquer (1871), y apareciese antes tachada, como hemos dicho, en el Libro de los gorriones, habría que contestar que, con toda probabilidad, se debió al tabú que sobre ella pesaba por la referencia en exceso autobiográfica a una enfermedad, especialmente sospechosa, de Gustavo y también por el pacto de caballeros, que, tácito o expreso, existía entre los amigos y conocidos y que no permitía hacer alusión, ni indirecta siquiera, a la señora doña Julia Espín, casada ya desde 1873 con el ingeniero don Benigno Quiroga, después director general de varias cosas y mucho más tarde ministro de la Gobernación» [Díez Taboada, 1995: 141-142] (comentario de Luis Caparrós Esperante)
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