El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Miér Ene 25, 2012 7:52 am



Idioma original: Alemán
Nº de páginas: 224
EAN: 9788415120247
ISBN: 978-84-15120-24-7
Año: 2011
Formato: 15 x 23
Encuadernación: Cartoné
Precio: 19,90 €
Traducción: Koŝutić, Ana

Tras la muerte de Bertha, sus tres hijas –Inga, Harriet y Christa– y su nieta Iris, se reencuentran para leer su testamento. Para sorpresa de todas, Iris es la heredera única de la casa y debe decidir en pocos días qué hacer con ella. Como primer paso, comienza por poner orden en las pertenencias de su abuela.

http://www.maeva.es/colecciones/exitos-literarios/el-sabor-de-las-pepitas-de-manzana



Última edición por Ayla 08 el Miér Ene 25, 2012 8:05 am, editado 1 vez
avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Miér Ene 25, 2012 7:59 am

Spoiler:
Very Happy ¡¡¡¡¡¡¡Es un libro tan estupendo y tan bonito que no he podido resistirme!!!!!!!!!!!! Very Happy
Me lo dio a conocer Gin (gracias, Gin Very Happy ) en "el reto de los 30" y lo he disfrutado tanto que me gustaría compartirlo Very Happy
avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Dom Ene 29, 2012 12:03 am

¡Hola a tod@s!

Antes de empezar a comentar la novela, os tengo que pedir disculpas por lo poco objetiva que voy a ser, pero el golpeteo constante de sentimientos, emociones y sensaciones recibidas a lo largo de su lectura no me han permitido otra cosa.

Un poco más sobre el argumento:Tras la muerte de Bertha, sus tres hijas –Inga, Harriet y Christa– y su nieta Iris, se reencuentran para leer su testamento. Para sorpresa de todas, Iris es la heredera única de la casa y debe decidir en pocos días qué hacer con ella. Como primer paso, comienza por poner orden en las pertenencias de su abuela.
A medida que va redescubriendo las habitaciones y los rincones del maravilloso jardín que rodea a la casa, Iris reconstruye la historia, tierna y amarga como el sabor de las pepitas de manzana, de tres generaciones de mujeres: su abuela Bertha, que perdió la memoria tras caerse del manzano del jardín; su madre Christa, quien se trasladó al sur del país cuando se casó, manteniéndose alejada de su familia; su tía Inga, la más bella de las tres hermanas, fotógrafa de profesión, que se ha recorrido el mundo, y Harriet, la menor, a quien la muerte de una hija cambió para siempre. Iris descubre secretos familiares y busca respuestas a los enigmas de su pasado. ¿Quiénes fueron los grandes amores de sus tías? ¿Qué secreto guardaba su excéntrica abuela? ¿Y qué ocurrió realmente en la noche del accidente de su prima?

Se trata de una novela, de una Historia de pequeñas historias, intimista, perceptiva y receptiva y tremendamente sensorial porque la evocación de recuedos del pasado casi siempre viene acompañada de olores y sonidos de la naturaleza, en esta ocasión, de sabores, texturas, imágenes...

Spoiler:
A la mañana siguiente —debía de ser martes—, corrí descalza hasta el armario grande y abrí las puertas de par en par. Olía a lana, a madera, a alcanfor y también ligeramente a la colonia de mi abuelo. Tras un breve titubeo, saqué un vestido blanco con pequeños lunares gris claro, un vestido fino y ligero, pues la ola de calor era persistente. En otros tiempos había sido el vestido de baile de Inga. Me senté en las escaleras de la puerta de entrada con una taza de té en la mano. Hasta mí llegaba el esperanzador olor a verano

La acción se desarrolla con continuos saltos en el tiempo que no son difilcutosos y nos pemiten seguir la trama sin perder el hilo.
La forma de escribir es lo que más me ha gustado pues es una continua introspección del narrador y protagonista principal, sin apenas diálogos -los justos y necesarios- y utilizando un lenguaje directo, sencillo y muy bien llevado ¡todo ello tremendamente difícil de conseguir sin cansar al lector, sin hacerle perder el interés; y eso es lo que ¡más valor le ha dado a la lectura!!

Los ambientes han sido muy bien retratados, de forma tremendamente visual.

Los personajes también se han convertidos en piezas fundamentales de la narración: cercanos, humanos, muy de carne y hueso, entrañable; ninguno de los principales pasa desapercibido, todos tienen su chispa, su qué...


Última edición por Ayla 08 el Dom Ene 29, 2012 1:24 am, editado 1 vez
avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Dom Ene 29, 2012 12:45 am

Spoiler:
Inga nació durante una violenta tormenta eléctrica en que los relámpagos habían salido de cacería y que mi tía vino al mundo en el preciso instante en que un rayo atravesaba la casa de arriba abajo. La habitación se había iluminado repentinamente como en pleno día y la recién nacida no había emitido sonido alguno. Solo al retumbar los truenos salió un grito de su pequeña boca roja. Entonces Inga se había vuelto eléctrica. «La pequeñaja», como la señora Koop explicaba a todo aquel que quisiera escucharla, «no había aterrizado todavía» sino que «estaba aún semiflotando en el otro mundo, el pobre bicho». He de confesar que lo de «el pobre bicho» era un añadido que inventó tiempo después Rosmarie. Pero la señora Koop habría podido muy bien pronunciar esas palabras y quizá las hubiera omitido intencionadamente. En todo caso, nosotras jamás volvimos a contarnos esa historia sin agregar «ese pobre bicho». Nos parecía que sonaba mucho mejor así.

Spoiler:
Cuando tía Inga no podía evitar tender la mano a la gente, se disculpaba, pues dejaban escapar con frecuencia un grito de espanto. Rosmarie la llamaba «Dedos Eléctricos», pero todo el mundo sabía muy bien que ella admiraba a tía Inga.
—¿Por qué no sabes hacer eso, mamá? —le preguntó un día a tía Harriet—. Y yo tampoco. ¿Por qué?
Tía Harriet la miró y respondió que Inga no podía liberarse de sus tensiones de otra manera y que Rosmarie, en cambio, se desahogaba constantemente, de modo que nunca podría llegar a producir esas descargas y que debería sentirse feliz por ello. Tía Harriet había estado desde siempre en busca de su ser espiritual. Había deambulado por diferentes caminos para encontrar su propio centro y regresar, antes de convertirse en Mohani y llevar ese collar de madera. Cuando murió su hija, mi madre se lo explicaba a sí misma diciendo que tía Harriet había salido a buscar a un padre y que se había convertido de nuevo en hija. Había sentido la necesidad de algo sólido, de algo que impidiese su caída y al mismo tiempo la ayudase a olvidar. Nunca me conformé con aquella explicación. Tía Harriet amaba el drama, no el melodrama. Tal vez fuera un poco alocada, pero jamás vulgar. Probablemente se sintiera unida al difunto Osho. Debía de parecerle tranquilizador que un muerto pudiese estar tan vivo, puesto que según Bhagwan, sí seguía vivo, jamás había dado muestra alguna de estar muy impresionada y se burlaba de las fotos que lo mostraban delante de aquellos ostentosos automóviles.


La casa con sus jardines y huertos de olorosos manzanos, estancias sugerentes e intrigantes, baules, arcones de ropa blanca y bordada, suave, cálida, armarios de vestidos coloridos y antiguos... se convierte por sí misma en otro personaje más...

Spoiler:
Entré al gran desván y abrí el armario de nogal. Todos los vestidos seguían colgados allí dentro, algo menos radiantes que entonces, eso sí, pero inconfundibles. Estaba el tul ilusión que había llevado tía Harriet en su último baile y aquel otro, el dorado, que había estrenado mi madre el día de su pedida. Allí estaba también el vestido negro de seda que hacía frufrú, un vestido de tarde muy chic, de los años treinta, que había pertenecido a Bertha. Seguí revolviendo hasta dar con un vestido largo de seda verde bordado en el escote con lentejuelas que era de tía Inga. Me lo puse. Olía a polvo y lavanda, el dobladillo estaba deshecho y faltaban algunas lentejuelas, pero sentía el tacto fresco de la tela sobre mi pecho, mil veces más agradable que el del vestido negro con el que acababa de dormir. Además, nunca antes había permanecido tanto tiempo en la casa sin ponerme los vestidos encerrados en los viejos armarios, y me había sentido todo el día disfrazada con mi propia ropa. Luciendo el vestido de seda de tía Inga, regresé a su cuarto y me senté en la silla de mimbre. El sol de la tarde, que centelleaba a través de las copas de los árboles, sumergió la habitación en un baño de suave luz verde. Las estrías del linóleo parecían moverse como el agua, una ligera brisa se deslizaba por la ventana y yo tenía la sensación de mecerme en el fluir de un apacible río esmeralda.
avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Dom Ene 29, 2012 12:49 am

Spoiler:
A la luz de la mañana, la casa parecía un cajón oscuro y mísero al que se accedía por un ancho camino con un pavimento espantoso. Los sauces estaban en sombra. Cuando me dirigía a la escalera, me di cuenta de que el jardín delantero estaba invadido de nomeolvides a punto de marchitarse; algunas flores estaban desvaídas, otras viraban al marrón. Me agaché y arranqué una flor que había perdido su color azul, era gris y violeta y blanca y rosa y negra. ¿Pero quién se había ocupado realmente del jardín cuando Bertha estaba en la residencia? ¿Y de la casa? Se lo preguntaría al hermano de Mira.
Al entrar, el olor a manzanas y a piedra fría volvió a salir a mi encuentro. Dejé mi bolsa sobre el baúl y recorrí todo el vestíbulo. Ayer habíamos llegado tan solo hasta el estudio de mi abuelo. No entré en las habitaciones, comencé por abrir la puerta situada al final del pasillo. A la derecha, la empinada escalera conducía a las habitaciones de arriba. En línea recta, se descendían dos peldaños, y volviendo a girar a la derecha se accedía al cuarto de baño donde, una noche, había irrumpido mi abuelo atravesando el techo como un avión mientras mi madre me lavaba. Había querido asustarnos un poco haciendo el fantasma sobre nuestras cabezas y por eso había trepado al desván. Como las tablas debían de estar carcomidas y mi abuelo era un hombretón grande y pesado, él se rompió el brazo y a nosotras nos prohibió contar cómo había ocurrido.

Otra descripción interesante es la de "la sala de lecturas":

Spoiler:
Me arrodillé sobre uno de los baúles y me apoyé sobre el alféizar de la ventana. Fuera centelleaban las hojas de los sauces llorones. El viento era algo casi inexistente en el calor estival de Friburgo y en la frescura tras los muros de hormigón de la biblioteca universitaria. El viento era enemigo de los libros. En la sala de lectura especialmente reservada para libros antiguos y raros estaba prohibido abrir la ventana. Terminantemente prohibido. Imaginé lo que podría hacer el viento con las hojas sueltas del manuscrito de Jakob Böhme, De signatura rerum, de unos trescientos cincuenta años de antigüedad , y poco faltó para que volviera a cerrar la ventana. Había una buena cantidad de libros ahí arriba. En cada cuarto había unos cuantos y en la gran habitación, desde donde se accedía a las demás habitaciones del piso superior, había espacio para almacenar todo aquello que no debía ir al sótano: todo tipo de paños y especialmente los libros. Me asomé a la ventana y vi cómo el rosal trepador se arrellanaba sobre el alero de la puerta de entrada y se precipitaba por la barandilla de la escalera para caer sobre el pequeño muro lateral. Me eché hacia atrás y bajé del baúl; tenía las rodillas doloridas. Cojeando, rocé de pasada las estanterías llenas de libros. Hinchados y deformes apéndices de Derecho casi aplastaban el frágil Nesthäckchen y La Primera Guerra Mundial. El lomo desencajado de Nesthäckchen mostraba el título en letras góticas. Recordé que en el interior figuraba el nombre de mi abuela con caligrafía infantil Sütterlin. Las obras completas de Wilhelm Busch se apoyaban pacíficamente en la autobiografía de Arthur Schnitzler. Aquí la Odisea, allá el Fausto. Kant se arrimaba cariñosamente a Chamisso y la correspondencia de Federico el Grande se apoyaba espalda contra espalda en el libro infantil de Magda Trott Pucki, joven ama de casa. Intenté descubrir si los libros estaban colocados de manera arbitraria o si estaban ordenados según un determinado sistema. Tal vez siguiendo un código, que yo habría de reconocer y descifrar. En ningún caso estaban clasificados según su formato. El orden alfabético y el cronológico quedaban asimismo descartados, como también cualquier orden ligado a las editoriales, la nacionalidad de los autores o el tema. Parecía, por tanto, un sistema aleatorio. No creía en el azar, pero sí en un sistema basado en el azar. Si había un sistema aleatorio, el azar dejaba de ser azaroso y de este modo se volvía, si no evitable, sí al menos previsible. Todo lo demás era accidental. El mensaje de los lomos de los libros continuaba siendo un misterio para mí, pero me propuse no perderlos de vista. Ya se me ocurriría algo con el paso del tiempo, de eso estaba segura.
avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Ayla 08 el Dom Ene 29, 2012 2:59 am

Uno de los temas fundamentales de la novela, aparte de los secretos, la vida y la muerte, es el olvido y me encantó este párrafo:

Spoiler:
? ¿Se volvería olvidadiza la gente que tenía algo que olvidar? ¿No sería el olvido sencillamente la incapacidad de retener? Tal vez la gente mayor no olvidara absolutamente nada, sino que se negaba a recordar cosas. A partir de cierta cantidad de recuerdos, cualquiera debía de acabar sintiéndose harto. El olvido, por tanto, no es más que una forma de recuerdo. Si uno no olvidara nada, tampoco podría recordar nada. El olvido es un océano en el que flotan las islas de la memoria y, dentro de ese océano, hay corrientes, remolinos y profundidades insondables. A veces emergen bancos de arena que se incorporan a las islas; otras, simplemente desaparecen. El cerebro tenía sus mareas pero, en el caso de Bertha, un diluvio había arrasado las islas. ¿Yacía su vida en algún lugar en el fondo del océano?

y este otro:
"Quien olvida al tiempo deja de envejecer. El olvido triunfa sobre el tiempo, enemigo de la memoria. Porque el tiempo. a fin de cuentas, solo cura todas las heridas si se alía con el olvido."

avatar
Ayla 08

Cantidad de envíos : 4820
Fecha de inscripción : 18/05/2008

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: El sabor de las pepitas de manzana-Katharina Hagena

Mensaje  Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.