ANACLETO

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Mensaje  Nathan Z. el Dom Nov 29, 2009 6:33 am

Mi padre, como buen señorito de capital, era un hombre de campo. Siempre que su trabajo se lo permitía iba a la sierra a cazar, cuando era temporada de caza, y a pescar, cuando era temporada de pesca. Un verano alquiló una casa en un pequeño pueblo de la sierra, y allí estábamos pasando mi padre, mi hermana y yo, las vacaciones de agosto de aquel año cuando sucedió lo que voy a contar a continuación.
Serían alrededor de las dos o las tres de la madrugada, pues mi padre y mi hermana hacía rato que se habían acostado. Todas las noches después de cenar solía subir al desván, donde podía leer y fumar sin que me molestaran. Allí, entre montones de trastos viejos, había montado mi pequeño salón de lectura, constituido por un sillón de orejas y un ajado baúl que hacía de mesita para el café. No recuerdo qué libro estaba leyendo aquella noche; tampoco importa. El cenicero estaba desbordado de colillas, una nube de humo azulado y molesto envolvía toda la habitación (“Esto parece Londrés” solía decir mi hermana cuando subía a darme las buenas noches). Abrí la ventana para airear un poco el cuarto; me disponía ya a bajar a dormir: había leído suficiente por aquella noche. Me asomé un momento a contemplar las miles de estrellas que, allá en el campo, tan bien se veían... Y ahí estaba yo, con los ojos fijos en el firmamento, maravillado ante tan inmenso espectáculo, cuando algo, un ruido, me hizo bajar la mirada. Procedía del bosque, a unos treinta o cuarenta metros de la casa. Pensé que sería algún animal: un zorro, un lobo... Encendí un cigarrillo y me acodé, expectante, en el saliente, escudriñando la oscuridad, más curioso que inquieto. A cada instante el ruido se iba haciendo más y más intenso pero el animal no parecía acercarse. Advertí que los perros de la granja vecina no ladraban, y eso, me extrañó. Empecé a inquietarme, seguí observando el bosque, con mayor atención ahora. De repente lo vi: entre los árboles aprecié el movimiento de una mancha blanca y grande, una cosa blanca, muy grande. Aquello no podía ser un zorro o un lobo, era demasiado grande, era enorme... Entre aterrado y fascinado pensé que debía avisar a mi padre: él sabría qué era aquello. Sin tirar el cigarrillo bajé raudo la escalera y atravesé el pasillo a oscuras. Vacilé un instante ante la puerta, dudé en dar un par de golpes antes de entrar; no lo hice, entré con sigilo y en tono apremiante susurré:
- ¡Hay algo fuera! ¡Hay algo fuera!
Mi padre tardó en reaccionar:
- ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Qué pasa?
- ¡Que hay un animal fuera! ¡Muy grande! Un animal... ¡enorme!
- ¿Qué? ¿Dónde?
- Afuera, entre los árboles, lo he visto desde la ventana de arriba... ¡Es muy grande!
- ¿Un jabalí?
- ¡No! Bueno..., no creo; es blanco, blanco y grande...
- ¡No puede ser!
Mi padre salió de la cama, más molesto que inquieto, y mascullando algo que no entendí, encarriló hacia el desván. Una vez llegamos arriba, rápidamente, nos asomamos, ansiosos, a la ventana. Ahora todo era silencio, ni siquiera una mísera brisa de viento turbaba la quietud de la noche; los árboles, aquí abajo, tan impertérritos como la luna, allá arriba, tan indiferente a nosotros. Los perros seguían durmiendo...
- A ver, ¿dónde está eso que dices haber visto?
- Allí -contesté, señalando la dirección con la mano izquierda-, allí entre los árboles, detrás de los arbustos.
- ¿Allí?- me preguntó, dirigiendo la mirada hacia donde indicaba mi mano- ¿Allí? Hijo..., no sé, no veo nada, no parecer haber nada; ¿estás seguro de haber visto algo?
- ¡Sí! Claro que he visto algo...
- Has visto algo, ¿exactamente qué has visto?
- He visto algo blanco, blanco y grande y que..., y que se movía...
A mi padre se le escapó un bostezo mientras, receloso, me miraba:
- Anda hijo, vámonos a la cama. Ya ves que no hay nada; no se oyen ni los grillos. Lo habrás imaginado; seguro que lo has imaginado, con tantos libros que lees tienes la cabeza llena de fantasías...

Mi padre bajó a acostarse, yo me quedé un rato más en la ventana, confundido ante lo que acababa de suceder, aunque tal vez fuera más correcto decir lo que no acababa de suceder. Dudaba en si irme a la cama o quedarme un rato más, esperando, pero esperando qué. No tenía sueño, el incidente me había dejado demasiado excitado como para poder dormir. Decidí seguir leyendo hasta que notara la venida del sueño; dejé la ventana abierta.
Sentado en el sillón pasaba página tras página sin seguir la historia que contaba el libro; no podía concentrarme en la lectura. Hastiado, me apoyé en la ventana y encendí un cigarrillo. Afuera seguía sin oírse nada, el viento continuaba presente por su falta, los perros: ausentes. Miré el reloj: las cuatro de la madrugada, las cuatro de la madrugada y yo no podía dormir. Ay, aquella situación ya me era conocida: llevaba algunos meses atacándome el insomnio. Normalmente mataba las horas de la noche leyendo hasta caer rendido; otras veces, aún así no podía dormir: entonces me tomaba un orfidal que conseguía gracias a un amigo cuyos padres regentaban una farmacia. Pero aquella noche ni podía leer, ni podía tomarme un orfidal pues los había dejado intencionadamente en la casa de la ciudad, tenía la intención de desengancharme. Quiénes conozcan el insomnio me comprenderán perfectamente cuando digo que, esas horas de oscuridad son un suplicio que parece no tener fin, de tan largas y angustiosas parecen. Se me ocurrió salir a dar un paseo, el animal ya se habría ido y, en el caso de que no lo hubiera hecho tendría la oportunidad de verlo; le diría a mi padre qué era. ¿Miedo? Porqué negarlo: sí, me daba algo de miedo pensar que podría encontrármelo -nunca he destacado por mi valentía, soy asustadizo de naturaleza aunque también curioso-, pero qué poco importa el miedo ante la perspectiva de pasar una larga noche contando las manchas del techo.
Apagué el cigarro en el cenicero del baúl (la mesita para el café), bajé a mi cuarto y me calcé unas botas, busqué entre mis cosas una linterna (recordaba tener alguna); me acordé de la linterna de emergencia del coche: para qué ponerme a revolver el armario ahora. Fui a la cocina y cogí las llaves del coche, bajé al garaje y abrí el maletero: dentro, encima de la rueda de repuesto, inclinada ligeramente de un lado, estaba la escopeta de mi padre.

Llevaba ya un rato andando -la luna iluminaba el camino del bosque, que empezaba en las afueras del pueblo, al lado de la casa, y terminaba allá en lo alto de la sierra-, cuando decidí sentarme en una piedra; estaba cansado, saqué un cigarrillo. Ahora soplaba algo de viento, los grillos cantaban, las hojas de los árboles susurraban, los perros allá en el pueblo seguían en silencio. Me maldije por no haber cogido unas cervezas: me habría echado unos tragos bien a gusto. Tiré la colilla del cigarrillo a unos matorrales, inmediatamente me arrepentí pues pensé que podía provocar un incendio. Resolví levantarme y apagar la colilla rápidamente. Mientras pisoteaba con ímpetu la tierra, me percaté de que, sin darme cuenta, estaba pisando unos excrementos: me había pringado las botas completamente. Sin duda eran recientes, ahora notaba el fuerte hedor. Sospeché que eran de mi animal; envalentonado, partí camino arriba, creyendo que posiblemente el animal se hallaba cerca. Al llegar a un claro donde se abría el camino vi que había acertado: a unos cien metros divisé, entre dos robles, la misma mancha blanca que había visto desde la ventana de la casa. El corazón me palpitaba dentro del pecho con tal fuerza que me llegaba a doler... No sé porqué ni cómo lo hice, pero el caso es que, antes de darme cuenta, me vi a mí mismo apuntando con la escopeta hacia el animal y apretando el gatillo ¡PUM! ¡PUM!, dos veces, dos disparos... No supe si llegué a darle; el animal echó a correr asustado, y yo hice lo propio en dirección contraria, camino abajo.
Llegué a la casa extenuado, temblando, apenas podía respirar; fui directo a la cocina y me bebí una cerveza de un solo trago. Tras calmarme un poco y ordenar un poco las ideas, acudí al dormitorio de mi padre, y mal que pude, le conté lo sucedido. Me mandó a la cama inmediatamente, advirtiendo que a la mañana ya hablaríamos, seriamente, que no me cupiera duda...

A eso de las nueve me despertaron unas voces que venían de la calle (a pesar de todas las emociones el cansancio venció y había conseguido dormir); abrí la ventana ligeramente para oír mejor. Abajo, se encontraban mi padre y el dueño de la granja, hablando junto al corral. El granjero le estaba contando a mi padre que la noche anterior se le había escapado un burro al que le tenía mucho cariño y estima por su nobleza y lo bonito que era “de un pelaje blanco precioso”, al que le habían puesto de nombre Anacleto, y que aquella mañana lo habían encontrado en el bosque, gimiendo de dolor, con una herida de cartucho en los cuartos traseros. Mi padre no dejaba de mirar hacia mi ventana...
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Re: ANACLETO

Mensaje  Anyone el Dom Nov 29, 2009 6:57 am

Qué requetebien te sientan los aires salmantinos, Nathan Very Happy

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Re: ANACLETO

Mensaje  Carmen Neke el Dom Nov 29, 2009 6:58 am

¿Te he dicho alguna vez que sabes contar muy bien las historias? Cientos de veces, sin duda; pero como sé que te gusta que te regalen los oídos, te lo repito una vez más: Nathan, eres un genio contando historias.
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Re: ANACLETO

Mensaje  Nathan Z. el Dom Nov 29, 2009 7:06 am

Gracias, chicas.

Lo único que este cuento lo escribí hace cuatro años, en el otoño de 2005 o así. Está inspirado en un incidente que me sucedió el año anterior, sólo que en vez de un burro, lo que vi, lo que creí que era un jabalí, resultó ser una vaca enorme comiendo hierba.
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Re: ANACLETO

Mensaje  Carmen Neke el Dom Nov 29, 2009 7:20 am

Y en ese momento decidiste que se te estaba yendo la mano con los orfidales??? Suspect
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Re: ANACLETO

Mensaje  Nathan Z. el Dom Nov 29, 2009 7:26 am

La madre que te parió.

¿Hace falta que te recuerde que sin gafas no veo ni tres en un burro?
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Re: ANACLETO

Mensaje  Carmen Neke el Mar Sep 14, 2010 6:36 pm

No es de Anacleto, pero también merece la pena leerlo. En el blog de Nathan: Otro cuento de Alberto Atroz

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Mensaje  Q el Mar Sep 14, 2010 6:43 pm

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Mensaje  Medea el Mar Sep 14, 2010 6:58 pm

Entretenidísimo el relato, Nathan! Very Happy
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Re: ANACLETO

Mensaje  Menuda el Miér Sep 15, 2010 12:23 am

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Re: ANACLETO

Mensaje  Ayla 08 el Miér Sep 15, 2010 4:48 am

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Re: ANACLETO

Mensaje  Mala el Vie Sep 17, 2010 6:56 am

Ese Anacleto lo que rondaba era fumar de tu paquete...le está empleado así por asustón y noctívago...ale a correr el páramo quiá quiá...bonita historia...tb he tenido la suerte de meter el dedo en la otra historia que va de un ligue nórdico de Absolut Totá...y chico, yo creo que para el premio que obtuvo, le está bien empleado...y llega el finde, que llegue!!!
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